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Curiosidad , sorpresa y siempre ilusión

La creación de una pieza cerámica conlleva una sucesión de etapas que debemos ir superando y enlazando progresivamente hasta completar el proceso a través de la carga del horno cerámico. Esta labor requiere un cuidado exquisito , y sobre todo si se trata de cargar aquellas piezas que tu alumnado ha creado con mimo y entusiasmo.

Además,  ha de ser una carga eficiente para optimizar el espacio, introduciendo en el horno todas las piezas posibles sin que se peguen las unas con las otras (cuando están esmaltadas).

Tanto cuidado y precisión tiene una recompensa que a mí me gusta saborear “muy egoístamente” en solitario.

Me cuesta compartir ese momento en el que se abre la puerta del horno y empiezo a recrearme y descubrir acabados “más o menos inesperados”, pero siempre únicos. La magia del horno yo la comparo con un parto, donde siempre después del esfuerzo viene la recompensa. La nueva creación viene acompañada de sorpresa, curiosidad, cariño y ternura. Sin darnos cuenta, poco a poco iremos descubriendo nuevos matices en esos colores y texturas que confieren una identidad única a la pieza, o personita, que en las primeras miradas no podemos apreciar. La aceptación o no, de estas formas, texturas, colores y espacio implicará un proceso de aprendizaje  y crecimiento,  o bien una frustración ante la aparición de algo “mejorable”.

Quizá el proceso más complicado de la ceramista es aprender a querer sus piezas,  y en caso de impartir clases, gestionar la frustración del alumnado ante el resultado inesperado. Lidiamos con muchas variables que no siempre controlamos y que tan solo con muchos años de experiencia, conocimientos cerámicos y algún que otro saber en psicología podremos ir manejando.

Todo un reto, pero muy apetecible.